Escrito por Eduardo M Romano el 6 agosto, 2016
Si uno lo miraba de cerca,
le entraba la duda.
Me refiero a que si eso que no dejaba
de decir a los cuatro vientos,
en vez de amor,
no sería otra cosa.
Porque después de lo dulce consabido,
seguro que por algún motivo,
banal o ridículo
que existía nada mas que en su mente,
venían todas las expresiones
del control ansioso y posesivo.
Porque a poco de andar,
empezaban a sobrarle las dudas,
y las sospechas lo abrumaban.
Ya sea por este gesto sugestivo,
dirigido con algún claro propósito,
o por esa palabra que le sonó demasiado cercana,
e insinuante.
Todo esto que empezaba a dibujarse en su cabeza,
no tardaba en pasar a ser algo más extenuante y más denso.
Ahi era el turno de los interminables
pedidos de explicaciones,
la búsqueda obsesiva de pruebas inexistentes…
…junto a reclamos llenos de destrato..
que de amor ,
no tenían nada.
Deja una respuesta