Escrito por Eduardo M Romano el 12 noviembre, 2015
Ahí estaba el error. Al alcance
de su mano. Pero no podía darse cuenta.
Seguramente por ese cruel mandato insabido,
que le marcaba
límites de lo más severos y estrictos.
Que no le permitían moverse
ni un centímetro
de la pretensión
de entender y
decirlo todo completo.
Sin dudas,pausas ni resquicios.
Anticipado cada final
desde el principio.
Compactado y definido
como si fuera para siempre.
Con la vana ilusión de la certeza incuestionable.
Que es el disfraz predilecto
de la obsecación y la estrechez de miras.
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