Escrito por Eduardo M Romano el 13 junio, 2021
En los tiempos superpuestos de la propia historia.
La agobiaba el sentimiento , mezcla de aprobio y desazón .
Todo había comenzado, me dijo, como algo ocasional.
Pero con el tiempo, se le fue despertando
en las ocasiones más diversas,
hundiéndola en lo más parecido a una ruina que le corría por dentro.
Ella lo llamaba verguenza. Más precisamente verguenza ligada a humillación.
El mínimo error,
la frase que no venía al caso.
o incluso la pregunta inocente e inoportuna,
resultaban más que suficientes
para disparar crueldad sobre sí misma.
Y que una vez desatada ,le resultaba imposible ponerle freno.
El rostro que se le sonrojaba
para ella era lo menos importante.
Porque lo que más temía, la consumía por dentro.
Un malestar difuso y doliente.
El mínimo error significaba que había sido imprudente.
El tropiezo casual y sin importancia,
era imperdonable.
El traspié pasajero que cualquiera puede tener
sin hacerle mal a nadie,
alcanzaban para arruinarle el resto del día, la noche y la tarde.
Con el tiempo resultó
que el acoso por el lado de la humillación
y el estrago que se colaba
por el costado de la verguenza,
mostraron ser la expresión y el semblante
de un fantasma reprimido.
Voraz. Imposible y carnicero.
Uno que se le había ido instalando
lento pero seguro,
en los tiempos superpuestos
que cada quien atesora
en su historia.
La singular y la propia.
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