Escrito por Eduardo M Romano el 29 abril, 2014
Llamaba la atención, el tiempo , el esfuerzo y la cantidad de energía
que le dedicaba a sostener
esa imagen pulcra y brillante de sí mismo.
Como si todo en él ,
ya fuera palabra, sonrisa, accipon,gesto o semblante….fueran la cosa
más natural y espontánea del mundo..Claro , que miradas de cerca
y con un poco más de cuidado,
el asunto era bastante distinto.
Porque era de esas personas
que se pasan la vida pendientes de la imagen propia,
y de las impresiones que suponen que van causando en los otros.
Están todo el tiempo de lo más atentos
a qué clase de cosas pueden estar transmitiendo y qué tipo de conclusiones o ideas pueden estar haciéndose de ellos , en cada momento,
los otros.
No hace falta que les diga que en su caso,
la espontaneidad no era sino una fachada,
tan cuidada como endeble.
Porque al ratito nomás de estar a su lado,
uno ya se daba cuenta
acerca de todo el artificio y la redundancia
que tenían por costumbre ,
acompañar casi todo lo suyo.
Tarde o temprano, le pasaba que alrededor suyo,
se le fueran acumulando toda una serie de equívocos,
malos entendidos, despropósitos y desconciertos…
…Porque resulta que ese semblante que parecía tan cálido,
y hasta su sonrisa tan entradora y amistosa…
… habían sido previamente ensayadas
hasta el minimo detalle,
para ser aplicadas en ese momento o en aquella otra
ocasión más conveniente…
Entonces era como que a sus miradas, gestos, sonrisas , acciones
y semblantes, uno casi como que le veía siempre cara conocida…
…cualesquiera que fueran la oportunidad, la ocasión y la circunstancia….
…casi como un calco ,
unas de las otras….
..En eso culminaba su deseo incontenible…
..de andar por la vida,
privilegiando siempre
el íntimo mandato
de agradar y complacer a los otros.
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