Escrito por Eduardo M Romano el 15 septiembre, 2016
A nuestros deseos es posible que los
sustituyamos por otros,
si la realidad psíquica
o la de afuera
nos fuerzan a ello.
También puede suceder
que se nos de por encaminarlos,
inconscientemente, hacia unas metas
muy alejadas de las que habían partido.
A los Deseos , también podemos desfigurarlos
en nuestras conciencias,
hasta hacerlos poco menos
que anodinos o irreconocibles.
Pero si la Subjetividad aún perdura
es imposible,
así como así,
abolirlos.
En Ricardo III, Shakespeare delinea
con notable intuición
el humano deseo de venganza.
Se trata de un personaje que actúa
dando rienda suelta
a todos sus caprichos y maldades.
A los que dirige sobretodo,
contra sus seres más allegados.
Todo parece estarle permitido
a partir de su convicción delirante de
“ser excepcional”,
tal como lo puntualiza Freud.
De poco y nada servirían
en su caso,
los argumentos que apelaran sin más ,
a la Razón
y al criterio de realidad.
Es que sus deseos transgresores,
y cada uno de sus elaborados caprichos y maldades…
…sencillamente los vivía como unas “ naturales prerrogativas”,
fundadas en su disparatada certeza
de ser el justo merecedor
de un tratamiento y consideración especiales.
Esas que pretenciosamente lo ubicaban
muy por encima
de los otros…
…tan simples y predecibles
mortales.
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