Escrito por Eduardo M Romano el 3 enero, 2021
Hablaba y todos los demás
seguían absortos
cada una de sus palabras,
como si estuvieran envueltas
en un dulce torrente,
del que ninguno
quería desprenderse.
Resulaba admirable el manejo
que exhibía de su arte y oficio.
Sin embargo, pasado un tiempo
pude caer en cuenta
que su sabiduría,
(la que importa,
la genuina), no estaba precisamente
en un continuo parloteo,
sino en hacer un corte
y detenerse
en ese momento preciso
en el que la aprobación y el beneplácito
parecían unánimes,
Quiero decir, no se dejaba llevar
por la ilusión
que se conforma con iluminar
sólo allí donde parece que está más claro.
Intuyo que debía saber,
por propia experiencia
que al lado de esto que fluye y abunda demasiado,
siempre hay lugar
para aquello que falta y que retorna.
Sin decir «agua va»
ni molestarse en explicar,
exactamente,
qué cosa es la que busca.
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