Escrito por Eduardo M Romano el 21 agosto, 2017
Nuestras subjetividades no son esencias estáticas,
ancladas exculsivamente en percepciones, referentes empíricos y contextos,
que se explican a sí mismos
y terminan resultando igualitos para todo el mundo.
No son cosas inmóviles,
aguardando el momento de ser descubiertas,
cuando a alguno se le ocurra.
Es que la pulsión, el deseo inconsciente y sus fantasmas,
vaya si también hacen lo suyo. Que no es poco.
Nos habitan en una multitud de personajes,voces ,
escenas,y goces insabidos.
Que tienen por costumbre escurrírsele
delante de sus propias narices
a la sorprendida conciencia.
Personajes y novelados imaginarios
que circulan inconsicentes y a sus anchas
en cada uno de nosotros,
sin necesidad de decir «agua va «,ni de llenar protocolos.
No se dejan encerrar en números severos y exactos
ni en ilusas tablas de doble entrada.
Dominan la magia de pintar el adentro, el afuera,
la frontera y el entremedio.
Ya sea con el color aventurero que empuja,
el vacío inquietante que hace agujeros,
o el gris timorato
que nos hace transcurrir sin pena ni gloria.
Asi, pueden hacernos presumir, por ejemplo,
que ciertos asuntos,
tendrán que darse llenos de dolor o esperanza.
Animados con
alegría, fastidio o espanto. Rápidos o demasiado lentos.
Pero, sospechosamente,
de este modo,
e inclinándose para este lado,
y no hacia cualquier otro.
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