Escrito por Eduardo M Romano el 7 enero, 2016
.En mayor o menor medida, habitualmente
nos despierta mucha curiosidad el lugar psíquíco
a partir del cual
el poeta “extrae sus temas”,
y cómo es que “logra conmovernos”,,
con ellos,despertándonos fuertes emociones.
Incluso , aquellas de las que ni siquiera
nos creíamos capaces.
Esta curiosidad se acrecienta aún más,
observa Freud,en la medida en que
el propio creador no puede responder a esa pregunta.
En este punto, plantea
si acaso no cabría buscar las huellas
de la actividad poética
en el juego del niño , quizás su actividad
más intensa y genuina.
El niño que juega se conduce
como si fuera un poeta,
“creándose su propio mundo “ ,
en un orden
“grato y nuevo para el “
…”aunque sabe distinguir perfectamente “
entre la realidad del mundo y su propio juego espontáneo,
“lo toma muy en serio” e invierte en el
buena parte de sus emociones y concentración
El creador artístico, también “crea un mundo fantástico”,
y se lo toma muy en serio..
..”sin dejar de “diferenciarlo resueltamente de la realidad”.
Sería conveniente no apresurarnos en minimizar o despreciar
este componente de “irrealidad”,
saturado de afecto,
característico de la actividad creadora.
Porque de esta singular “irrealidad”,
surgen importantes consecuencias.
En parte porque mucho
de lo que siendo real, no podría generarnos placer alguno,
como sí lo hace en el juego de la fantasía.
E incluso , muchos sentimientos
en sí mismos penosos,
pueden ser transformados,
a partir de los bordes, los deslices,
las fracturas y las suturas
propias del acto creador…
…»en una fuente de placer para el auditorio del poeta “
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