Escrito por Eduardo M Romano el 1 mayo, 2015
Se trataba de alguien inquieto como pocos.
Porque más allá de sus intenciones,
los momentos de tranquilidad
que reconocía tener,casi siempre
le resultaban ,
además de breves en el tiempo,
pocos en cuanto a su número.
A fin de cuentas,
había llegado a la conclusión,
(bastante caprichosa, para decirles la verdad),
de que su vida
estababa predestinada al sobresalto.
Actuaba de tal forma que dejaba bien en claro
que todas esas cosas debían necesariamente
ser atribuidas a una mezcla de azar y mala fortuna.
Y que , obviamente, no tenían nada que ver
con asuntos tan extraños,
como sentimientos sofocados
o ideas reprimidas.
Es decir, coherencias insabidas que deambulan,
deshilvanadas de palabras,
dentro de cada uno
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