Escrito por Eduardo M Romano el 13 octubre, 2014
Son escenas íntimas , entrañables y absolutamente imprescindibles,
para que podamos seguir adelante.
Están hechas de pasiones, apegos, olvidos y memorias.
Las atraviesan los deseos. Y nunca faltan los fantasmas.
Vistas de lejos, puede ser que parezcan enteritas , bien pulidas y homogéneas.
Pero su forma y textura es sin dudas el fragmento.
Porque están hechas del rejunte cotidiano de cosas
simples y de lo más sencillas.
Les encanta acomodarse horizontales, verticales y oblícuas.
A veces todas esas posturas al mismo tiempo.
Desprecian los gritos y rechazan toda forma de soberbia
y prepotencia.
Saben que su identidad es fugaz y provisoria.
Porque todo el tiempo las estamos transformando,
sin tener conciencia absoluta
que lo estamos haciendo.
Escenas nuestras en las que conviven anhelos distintos
e intenciones de lo más diversas.
Les encanta correr de un lado al otro, sólo para
sustituirse unas a otras.
Quedarse quietas, sólo lo hacen por un rato.
Para poder recomenzar lo más pronto posible.
Antes que aparezcan la rutina mecánica y el tono imperativo.
Esos que atenúan la risa y a los que sólo parece importarles,
poner las cosas prolijitas y en orden.
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