Escrito por Eduardo M Romano el 4 enero, 2015
Ocurre con esa clase de encuentros,
con quienes son capaces de movilizar en nosotros,
ciertas cosas que tenemos ancladas en lo hondo.
Porque son personas
que saben cómo acompañar
y hacernos sentir su presencia.
Incondicional y sin vueltas.
Entonces contienen y amparan,
sin que les hagan falta
las introducciones, los preámbulos ni los pesados protocolos.
Nos quieren de verdad.
Y pueden captar al vuelo,
mucho de lo que sucede.
Sin interminables explicaciones
ni redundantes acentos.
Son tántas las ocasiones en las que parecería
que les alcanza con mirarnos
para darse cuenta.
Y no es que sean personas prodigiosas,mágicas ni adivinas.
Son Hermanos de la vida.
Y saber que están,
nos acomoda y reconforta.
Y más de un asunto
(que se obstinaba en sernos molesto y persistente),
empieza como a perder relevancia,
se hace mucho más tenue,
y hasta parece sonar distinto.
Tal vez porque nos conozcan lo suficiente
como para saber
en qué momentos decir,
y en cuáles otros,
limitarse a estar
y hacer silencio.
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