Escrito por Eduardo M Romano el 8 enero, 2015
El sólo hecho de pensarlo,
lo llenaba de una clase de inquietud,
que era capaz de prolongarse
durante la noche
hasta bien entrada la madrugada.
Básicamente, tenía que ver
con el temor de verse a sí mismo
atrapado,
en rutinas implicitas
y en costumbres mecánicas.
Esas que con el paso del tiempo,
uno ya ni se acuerda acerca de su propósito,
pero igual las sigue repitiendo…
…como si fueran algo de lo más natural del mundo.
Entonces se van acomodando de a poquito..
..y cuando uno se quiere acordar…
..ya son como parte propia.
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