Escrito por Eduardo M Romano el 22 mayo, 2016
Desde afuera,resultaba habitual
que se lanzara, inapelable,
esa palabra en tono de sentencia.
Porque lo escuchaban entusiasmados
por un rato. Lo suficiente como para darlo
todo por cerrado y sin vueltas.
“Mentira” murmuraban entre casi todos.
Y no tenían demasiado reparo en que él también la escuchara.
Sin embargo,en su caso,
esa palabra parecía demasiado dura
y hasta tenía mucho de injusta.
Es más,yo diría que no eran capaces de escucharlo
y encontrar , además del evidente,
algún otro sentido
que se corriera, aunque sólo fuera un poco,
de lo estrictamente concreto.
Bueno, el asunto, es que él sabia de sobra
que estaba en este mundo y no en otro.
Pero eso no impedía
que le diera consistencia y profunda convicción
a ésas, sus supuestas fábulas.
Es que esas fantasías merecían algo de escucha y de crédito.
Ocurrían de vez en cuando,
sin que ello significara romper lazos con el mundo.
Sucedía que una realidad íntima
se le adelantaba,
aprovechando algún descuido.
Y a medida que iba tomando vuelo,
se dejaba llevar
como en un juego.
Entonces, en algún lugar se la daba por cierta.
Sin perder el tiempo en buscarle
estrictas coincidencias con los hechos…
…Porque se trata de cosas entrañables,
que a veces despiertan.
Y más vale andarse con cuidado.
Porque en esta clase de asuntos que les digo,
no se perdona el error
de querer compartirlos
con quienes nunca
van a poder correrse,
un poquito de lo estricto
y darse permiso para
escucharlos.
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