Escrito por Eduardo M Romano el 4 abril, 2016
Todos sabemos que hay una clase de vida
que tiene formas y contenidos
bien concretos.
Y que no deja de exigirnos
toda clase de cosas.
Que de un modo
o de otro,
la mayor parte de las veces,
están ligadas
a las obligaciones,
los mandatos , las reciprocidades y los protocolos.
Créanme que son muy hábiles
en el oficio de instalarnos la idea
de que nunca es suficiente…
…que podíamos haberlo hecho mejor
y que en el fondo,
nunca alcanza…
Bueno, al ladito de ésa ,
transcurre en nosotros,
otra simultánea.
Que no sólo me cae simpática
sino que además ,me gusta mucho.
Porque sabe teñir con sentimientos
y argumentos que parecen ilógicos,
muchos de esos asuntos fríos
que parecen tan sólidos inamovibles
y anclados en el mundo.
Domina el arte de introducir
en los momentos oportunos,
la conciencia de lo insólito,
el ensueño medio loco
y la fantasía íntima
que propicia
ésta o aquella otra cosa
singular y distinta.
Especialmente ,cuando
quedamos sumergidos
en esos secos atolladeros,
que nos murmuran
que no es posible..
..que no hay nada que hacerle
y que además,
no vale la pena.
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