Escrito por Eduardo M Romano el 14 diciembre, 2014
Ponía todo su empeño,
tratando de que no se notara.
Partía de esa clase de premisas
que uno las va incorporando,
casi sin darse cuenta.
Unas que apenas se roza la primera,
las otras parecen seguirla
en forma casi automática.
Asentía con la cabeza
cada idea del otro
y expresaba la segura concordancia,
mucho antes
de que estuviera concluido el argumento,
tomándolo como si fuera propio.
Es que parecía moverlo el afán incontenible
de caerle bien al que tuviera enfrente.
Como si eso fuera lo más importante.
Aunque claro,
en más de una ocasión sucedía
que buena parte de lo genuinamente propio..
…quedaba confuso, dado vuelta o irreconocible.
Después de haber seguido la inamovible premisa
de buscar amparo
en la sombra de otro.
Deja una respuesta