Escrito por Eduardo M Romano el 19 julio, 2015
Sòlo en contadas ocasiones
los demàs se daban cuenta a tiempo.
Pero en general, no era lo que pasaba.
De modo que quien llegaba a conocerlo,
no captaba las señales ni los indicios.
Tampoco podìa estar alerta
ni disponer de tiempo
para tomar los recaudos aconsejables
y las distancias necesarias.
En lo que a esta persona que les digo respecta,
a poco de entra en una relaciòn
con algùn otro,
ya desplegaba su costumbre
de no tener ninguna clase de lìmite, freno
ni reparo para
tomar en cuenta los sentimientos ,
o la forma de pensar y encarar la vida
de ése que el otro.
Todo lo contrario. Parecìa no haber desarrollado
la menor capacidad de empatía
ni el asomo de algún arrepentimiento.
Esos eran para él ,
asuntos menores
que por lo tanto,
ni siquiera merecìan entrar
en su diccionario.
Entonces le resultaba algo
de lo màs natural del mundo
precipitarse
siguiendo sus motivaciones de turno.
Sin experimentar el menor
cuidado
para el pròximo ingenuo
que seguro
seguìa en la lista
y lo estaba esperando.
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