Su debilidad eran los verbos.

Escrito por Eduardo M Romano el 13 junio, 2015

 

 

Se notaba que su debilidad eran los verbos.

No era un secreto para nadie

que sentía una singular predilección por ellos.

Tal vez porque no se limitaba a enunciarlos.

Su verdadera pasión consistia en vivirlos

Así, nos hablaba acerca de algunos que desde

afuera, parecían ser muy confiables y consistentes,

por el hecho de aferrarse a hechos y circunstancias bien concretas.

Pero también nos decía muchas cosas

acerca de verbos que tenían fama de ser

turbulentos y esquivos. Actuaban como si hubieran perdido

su razón de ser De modo que al objeto y al sujeto,

les costaba mucho hallar alguna forma

decorosa o verosímil

de enlazarlos.

Me acuerdo que además nos aclaró,

que en determinadas ocasiones

aparecían verbos que se adelantaban a los demás

y aprovechaban para tener sus cinco minutos

de fama y protagonsimo.

Pero también nos habló acerca de la existencia

de verbos lejanos.Unos que sólo saben hablar en tercer persona.

Con esos más vale tener cuidado.

Porque con toda la distancia y el protocolo que imponen,

uno no sabe con qué clase de exigencias pueden salirse.

Ya cuando se estaba yendo,

alcanzó a decirnos

que también existen los verbos desagradecidos y los ingratos.

Unos que parecen sentir vergüenza de su origen. Y hasta

pretenden  ignorarlo.

Como si quisieran hacernos creer que nacieron de un repollo.

Pero por suerte (agregó),

también existe una clase muy distinta de verbos.

Se refería a los genuinos.

Unos que jamás olvidan de reconocer orgullosos su origen

y sus inicios.

Esos sí que saben muy bien

hacia dónde van,

a qué es lo que apuntan

y para qué cosa

han venido a este mundo.

 

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